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sábado, 29 de octubre de 2011

Mendel, el de los libros. Stefan Sweig

Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.


Llegué a este libro por recomendación de varios bloggers. Me gustan las historias sencillas de Sweig, suerte de pequeñas fábulas que dejan  siempre una reflexión haciendo eco en el lector.
En este relato nos presenta un gran personaje, Jacob Mendel. Librero de memoria prodigiosa, al estilos del Funes de Borges, Mendel ha dedicado su mente completamente a los libros en tanto objetos: Su precio, fecha de edición y otros detalles comenrciales. Tal como Funes, se trata de una memoria de inventario, impermeable a la belleza del contenido de las obras.
Este personaje, que de las pasiones humanas solo parece conocer la vanidad, se aproxima al mundo sólo a través de los libros, y allí radica el origen de su tragedia. Desde la mesa del café Gluck que habita hace décadas, ignora los designios de la guerra en que está sumida Austria, y se desentiende de cuestiones mundanas como su propio origen de judío ruso que precipitará su arresto y conducción a un campo de concentración.
Como un personaje secundario mas, el café Gluck (La pintura que hace Sweig de este lugar me hizo acordar mucho al queridísimo Café Tortoni de Buenos Aires) al igual que el resto del mundo, cambia y de dar cobijo a Mendel.
Un relato sobre las mentes prodigiosas que se pierden con la muerte y el olvido. Justamente, como dice Sweig en el final,  eso de lo cual pretenden defendernos los libros.

jueves, 29 de julio de 2010

Stefan Sweig, Woody Allen, y las mujeres que piensan su vida


Pensando qué comentario podía hacer acerca de "24 horas en la vida de una mujer" (Stefan Sweig, Viena 1881-1942), me di cuenta que lo leí justamente la misma semana en que vi la película “Otra Mujer” de Woody Allen (Nueva York, 1988). ¡Cuánto en común tienen la novela y la película! Una vez mas me sorprendo y me regocijo al reconocer la inmortalidad de los clásicos, que siguen susurrándonos verdades al oído después de decenas de años.

La novela de Sweig es encantadora. Da comienzo en un ambiente muy Márai, en un hotel europeo lleno de gente ociosa que lleva una existencia relajada. Esa tranquilidad es interrumpida por la fuga de una dama respetable, casada y con dos hijas jóvenes, que escapa con un hombre joven y buen mozo al que apenas conoce. El lugar se revoluciona con comentarios y debates. El narrador de la historia – a quien podríamos tomar como un alter ego de Sweig- toma una postura mas liberal, defendiendo a la dama de las críticas y chismes. Su pensamiento progresista y desprejuiciado hace que una anciana respetable (Mrs. C.) a quien nadie prestaba demasiada atención decida hacerle una confesión acerca de su pasado.

Así da comienzo esta historia de las veinticuatro horas en la vida de una mujer. Creo que podría decirse que la vida entera de esa mujer duró sólo esas 24 horas en las que actuó siguiendo su impulso y su deseo, lo que en una sociedad prejuiciosa y represiva la condenó a vivir con culpa. Mrs. C. es una mujer que llevó una vida convencional, se casó, tuvo dos hijos, enviudó joven y se quedó sola. Comienza a viajar absolutamente agobiada por el vacío, la soledad y el aburrimiento y en un casino de Montecarlo ve a un joven que, perdido por el juego, parece que está dispuesto a quitarse la vida. Ella en un impulso decide salvarlo, y a partir de allí vivirá cosas que despiertan pasiones de las que desconocía era capaz.

Como dije, justamente en esos días ví “Otra Mujer” (1988) de Woody Allen, que tiene un poco que ver con esta crisis de la mediana edad. Marion (genial Gena Rowlands) es una profesora de filosofía de una prestigiosa universidad que también parece haber llevado una vida perfecta y haber realizado todas sus aspiraciones. Sin embargo un día, sola en un departamento que alquiló para escribir, comienza a escuchar la voz de otra mujer que se psicoanaliza en un departamento vecino. Las emociones que manifiesta la paciente desconocida despiertan sentimientos y cuestionamientos en la propia Marion, que comienza así un viaje hacia el pasado y el presente, un viaje de sinceramiento que en definitiva es hacia las aguas mas profundas de su propio ser.

Dos obras (novela y película) sobre el deseo, sobre las decisiones que tomamos y nos persiguen para siempre, sobre quién queremos ser. Dos obras que hacen preguntas muy difíciles de responder (que probablemente lleven toda la vida responder (como dice Márai en “El último encuentro”) pero sin duda dos obras de arte de las cuales uno no puede (no podría nunca jamás) salir ileso.

Cosas por las que vale la pena estar vivo.

Aunque nos obliguen a darnos cuenta lo duro que es.